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Lugar: México



Fecha: 20-23 junio de 2012


Recorrido: 1359 km


Ciudades: Querétaro, San Miguel de Allende y Guanajuato.


Demasiado pronto llegué a Querétaro. Un autobús a las 6 de la mañana me llevó hasta las afueras de una ciudad que poco tenía que envidiar en color gris a las del DF. Llovía. LLovía y el cielo estaba cubierto por nubes aún más grises que el hormigón y asfalto de los edificios y carreteras. Una enorme bandera mexicana se imponía a lo lejos.
Tras unos veinte minutos en taxi observando cómo la fealdad se había tranformado en ciudad,  llegué al casco histórico de Querétaro. Parecía un refugio rodeado de carreteras. De un vistazo ya se podía adivinar por qué esta ciudad estaba presente en las guías de México y en visita casi obligada para todo viajero que dispusiese de unos días extra de viaje. Allí la tranquilidad hacía frente al bullicio del exterior. Las calles empedradas, los "andadores", las plazas y jardines escondidos hacían del centro un lugar donde la soledad se podía sentir entre tanta multitud. Jóvenes, ancianos, limpiabotas y vendedores ambulantes se daban cita en las principales plazas. Yo me sentaba en ellas durante horas para pasar el rato observando a los lugareños. Por la noche las cosas cambiaban y los olvidados buscaban lugares donde guarecerse de la lluvia; algunos te pedían dinero para cenar, otros, simplemente, te miraban al pasar.   
Al día siguiente, tras un desayuno contundente (huevos a la mexicana, fruta, té y dulces típicos), salí hacia San Miguel de Allende. El entorno que separa Querétaro de San Miguel de Allende es un vasto terreno dedicado a la agricultura. Enormes extensiones verdes rodeaban al autobús que se acercaba rápidamente a unas montañas lejanas, tras las cuales se encontraba mi destino.  
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Parroquia de San Miguel Arcángel.San Miguel de Allende.
San Miguel de Allende es una ciudad de clase alta. En México esto se puede saber cuando ves que la gente pasea a su perro o las calles no están llenas de basura amontonada. Como ciudad de clase alta, las calles están muy cuidadas y contorneadas de restaurantes  para turistas. Mi presupuesto no me daba para sentarme en una terraza con vistas a la bonita Parroquia de San Miguel Arcángel, pero sí para disfrutar de una torta cubana mientras veía como se abría y cerraba la puerta del baño del local.  

Después de esa "suculenta" comida, me senté un buen rato en El Jardín (la plaza principal) mientras miraba a la gente pasar. No tenía mucho que hacer (ya había visto todo lo importante por la mañana) así que comencé a caminar sin rumbo fijo. Cuando llegué a la parte más alta de la ciudad (la zona rica) me metí entre unas casas y encontré un lugar que sin ser mirador hacía el mismo servicio. Las vistas eran espectaculares; una pena que tuviese que salir literalmente corriendo porque un insecto parecido a una avispa no paraba de intentar meterse bajo mi camiseta. 

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Vistas. San Miguel de Allende
El regreso a Querétaro fue agotador. El autobús realizó decenas de paradas en poblados para recoger a los campesinos que, tras una larga jornada de trabajo, volvían a sus casas con las manos llenas de barro. Llegué agotado a un Querétaro solitario y oscuro. Llovía, era de noche, y lo único que deseaba es que en mi habitación compartida no hubiese nadie. No fue así.

Viajé a Guanajuato, la última ciudad que esperaba ver antes de regresar a DF.  Del viaje en autobús no me acuerdo porque creo que lo realicé totalmente dormido. Aunque ahora llevo tantos autobuses a mis espaldas que quién sabe si iba despierto o dormido...no me acuerdo.

La terminal de autobuses de Guanajuato está fuera de Guanajuato, en una carretera en mitad de la nada. Para llegar hasta el centro histórico es necesario coger un taxi que te lleva por los incontables túneles que atraviesan la ciudad. 


Después de "acomodarme" en el hostal más sucio que he visto en mi vida, salí a pasear por la ciudad. Sólo tenía un día para verla, así que a toda velocidad recorrí sus calles para orientarme cuanto antes. Resulta curioso comprobar que sólo existe un par de calles principales y el resto son callejones que nacen de ellas. El callejón más estrecho es El callejón del beso. Es tan estrecho que las terrazas de las casas prácticamente se tocan. Cuenta con una bonita leyenda que se puede leer pinchando en el enlace anterior.


Tras entrar al imponente Mercado Hidalgo, sentarme en las plazas principales y visitar la casa natal de Diego Rivera, busqué un lugar donde comer. Llevaba días comiendo auténtica basura, así que busqué una fondita que me sirviera algo decente. Casa Ofelia se llamaba, y aunque la tal Ofelia era un poco borde, su comida estaba muy buena: crema de verduras, enchiladas suizas y agua de sabor.  La comida en estos sitios sienta mejor cuando sabes que lo que estás comiendo te saldrá por 2 o 3 euros. 
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Mercado Hidalgo. Guanajuato.
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Plaza. Guanajuato.
Por la tarde no hice mucho. Me senté en el Jardín de la Unión y estuve hablando con unas yankees que se habían ido a estudiar castellano a México. Renegaban del acento mexicano mientras me gritaban que mi acento era maravilloso. No llegué a preguntarlas por qué estaban en México si tanto se quejaban del acento. Cuando por fin me libré de ellas, me perdí de nuevo entre los interminables callejones hasta llegar a la zona más alta de la ciudad. Allí me senté a la sombra de un momumento llamado El Pípila. Es un hombre con una antorcha en la mano. Se realizó en honor al hombre que prendió una de las puertas de Guanajuato durante el alzamiento encabezado por Miguel Hidalgo.

Por la noche me comí una mazorca de maíz mientras observaba el ambiente festivo de las plazas. Los niños jugaban, los viajeros descansaban y los músicos tocaban para los que cenaban en las terrazas. Más paz no podía encontrar en un país del que lo único que se conoce es su marginal historia de narcotráfico. 
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Vistas desde El Pípila. Guanajuato.
Después de cuatro días muy intensos, sin apenas dormir y mal comiendo, regresé a DF. Allí me esperaba el inicio de otro viaje (esta vez acompañado) por Chiapas y Oaxaca. Pero como decía Michael Ende: "Esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión". 

De momento, sigo disfrutando de Chiapas...

 
 
Día: viernes 25 de mayo.
Lugar: Volcán Popocatépetl (México).
Objetivo: acercase lo más posible al volcán en actividad.

Salimos a las 8.00 del Instituto de Geofísica de la UNAM. Tras una hora y media en la furgoneta paramos en Amecameca a comprar comida azucarada. A pesar de estar acostumbrados a vivir a 2200 metros de altitud, el ascenso va a ser muy rápido (hasta casi los 4000 metros) y el mal de altura puede aparecer en cualquier momento. 
Según avanzamos, el volcán se presenta cada vez más imponente con una perfecta columna de humo blanco que resalta sobre el azul del cielo.

Llegamos al control de policía situado a bastantes kilómetros de distancia de nuestro objetivo (la estación sismológica más cercana al Popocatépetl). El acceso está restringido pero tenemos permiso. Comenzamos a ascender y el paisaje (normalmente verde) está teñido de gris ceniza debido a que hace unas semanas el volcán entró en alerta amarilla, justo cuatro días antes del día en el que teníamos pensado ascender al Iztaccíhuatl (volcán que se encuentra al lado del Popocatépetl). Evidentemente, tuvimos que cancelar la salida porque había riesgo de que la alerta sobrepasara la amarilla.


Tras librar varios cientos de metros de desnivel, llegamos al Paso de Cortés. Según se cuenta, Hernán Cortés pasó por allí en 1519 con el fin de arrasar con el Imperio Mexica. Justo en ese punto (ahora hay un pequeño monumento y un albergue de montaña) Cortés ordenó ascender a los volcanes para obtener el azufre con el que fabricarían la pólvora.

Miro a los volcanes y la historia pierde su sentido. A un lado se encuentra el Iztaccihuatl, muy rocoso, viejo y rodeado de nubes; al otro lado el Popocatépetl, imponente, gigantesco, totalmente gris, con nubes de gas que desciende por las laderas. La desilusión aparece cuando comprobamos que las nubes que comenzaron a tapar la cima del volcán hace media hora, nos van a impedir observarlo en su totalidad. No importa, pasamos el segundo control y nos dirigimos al lugar más cercano: la estación sismológica desde la que se obtienen todas las imágenes del volcán y se analiza su actividad. Se encuentra situada a casi  4000 metros de altitud, en una pequeña colina en las faldas del volcán. Parece un lugar abandonado debido al paisaje gris que le rodea y a que la carretera de acceso está totalmente descuidada. 

Tras observar un poco la estación, nos posicionamos frente al volcán esperando que las nubes se aparten y nos dejen ver el cráter. Pero el tiempo pasa y nuestras miradas se quedan congeladas admirando la enorme pared volcánica que tenemos frente a nosotros. El cráter no se va a ver porque hay demasiadas nubes, sin embargo, escuchamos perfectamente las explosiones. Nos sobrecogemos y aguantamos un poco esperando poder ver algo más. No nos queda tiempo, el cielo se cubre totalmente de nubes y amenaza con llover. 
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Teníamos todo: tiempo, material, permisos y ganas, muchas ganas; pero las condiciones atmosféricas a veces traicionan y te tienes que volver a casa con el único consuelo de haber tenido la oportunidad de ver algo que poca gente puede ver, un volcán en actividad.

Regresamos a Amecameca para comer en un restaurante con vistas a los dos volcanes. Cuando estábamos a punto de irnos las nubes se levantaron y nos dejaron ver la cima del Popocatépetl. 

Lo esperado es deuda.