A las tres personas que se levantaron a las 6 de la mañana para animarme.

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Recorrido de la carrera






Fecha: 7 octubre de 2012

Lugar: La Pedriza (Madrid)

Distancia: 19 km 600 metros

Desnivel acumulado: 2500 metros

Tiempo: 3 horas 37 minutos

Posición: 199/291(llegadas a meta)


No me suelo cansar en exceso haciendo deporte. Puedo llegar a sentirme un poco fatigado pero siempre el agotamiento psicológico me hace parar antes de llegar a sentir el físico. Ayer no sólo me cansé, sino que sufrí físicamente hasta límites que nunca había conocido. Dejé atrás el cansancio psicológico para sumergirme en un cansancio corporal que me iba hundiendo conforme daba un paso más.

Hace un mes me dio por unir dos aficiones: la montaña y la carrera. De esa mezcla, evidentemente, salió una carrera de montaña. La fecha elegida fue el domingo 7 de octubre, y la cita el “XXI Cross de la Pedriza”. Tenía un mes para prepararme y, sin pensar que fuera suficiente, decidí inscribirme.

Suelo correr en asfalto, alrededor de tres o cuatro días por semana, con una distancia acumulada de 20-30 km. No me servía para una carrera de montaña de casi 20 km con un desnivel acumulado de 2500 metros. Aun así, no incrementé el número de kilómetros de entrenamiento por día, sino el número de días, y en ninguna ocasión corrí en montaña. Error. Llegué a la carrera con buena forma pero no la suficiente como para subir piedras durante 11 km y después bajar 9 km por un sendero lleno de raíces, piedras móviles, arroyos y árboles cruzados.
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Perfil de la carrera

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Con muchas fuerzas en el control del Collado de la Dehesilla
La carrera parte del aparcamiento de las Machacaderas (1069 m) a las 10 a.m. Salgo con el grupo de cabeza demostrando tener fondo para correr en llano. Me mantengo ahí durante la subida a la pradera del Yelmo (1570 m) y la bajada al Collado de la Dehesilla (1453 m).  Siento que tengo fuerzas para plantarme frente a la pared de 5 km de recorrido que culmina en Las Torres (1990 m), pero los problemas llegan. La falta de un ritmo constante, el calor, la mala elección del desayuno y el esfuerzo por subir piedras, piedras y más piedras, me provocan unas pequeñas náuseas y síntomas claros de bajada de tensión. No le doy demasiada importancia. Paro un minuto y me empapo en agua, bebo y respiro  con profundidad. La temperatura corporal baja y puedo seguir ascendiendo con un ritmo aceptable. La subida cada vez me desgasta más y los cuádriceps se me cargan demasiado. No puedo levantar las piernas todo lo que el terreno me exige y empiezo a bajar el ritmo hasta que por fin llego al punto más alto del recorrido, Las Torres (1990 m),  donde comienza una bajada prácticamente constante hasta meta que me servirá para ganar las posiciones perdidas.

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Prado Peluca. Empezando a subir Collado Cabrón
Tras reponerme en el control de Collado Carabina (1882 m) comienzo a bajar fuerte, rápido y avanzando posiciones. La cosa va bien hasta que a los quince minutos sufro un tirón en el empeine que me provoca una torcedura de tobillo. Llevo dos horas y media de carrera y tan sólo me quedan unos kilómetros de bajada y escasa subida sin dificultad técnica alguna. Decido ponerme a caminar, a pesar del dolor de tobillo, y en pocos minutos consigo alcanzar un ritmo bajo. Me siento decepcionado, ¿tanto esfuerzo para qué? ¿Para verme cojeando los últimos kilómetros? Muchos corredores me alcanzan y la mayoría (por no decir todos) me ofrecen ayuda. Agradezco su preocupación y poco a poco empiezo a coger más velocidad hasta que de nuevo tropiezo – supongo que por el propio miedo al tropiezo – y el tobillo me cruje. No puedo correr, no puedo caminar y los corredores pasan y pasan al tiempo que el cronómetro avanza sin tregua alguna. Oigo un helicóptero y pienso que van a buscar a un corredor que dejé atrás con una lesión grave de tobillo (después me enteré que fueron a rescatar a un participante al que se le había salido el hombro).  Comienzo a caminar – ayudado con un palo que me sirve de bastón –  tras analizar un rato mi tobillo. Pierdo tiempo, posiciones y cada vez veo más lejos una meta que tendría que estar cerca. 



Agotado por la imagen que me estoy dando,  lanzo el palo y empiezo a correr a pesar de que el dolor de tobillo evidencia que la cosa no funciona. Me uno a un chico que no puede correr bien por culpa de los tirones de gemelo y conseguimos llegar dignamente al penúltimo control antes de meta, Prado Peluca (1160 m), que enfila directamente al Collado Cabrón (1303 m). Esos 200 m de desnivel me destrozan por completo. Camino con el tronco totalmente inclinado, formando 90º con las piernas. Me froto los cuádriceps con las manos mientras unos niños no paran de animarme. Llego arriba en unos minutos y comienzo a bajar todo lo rápido que puedo, olvidando el dolor de tobillo y la carga de los cuádriceps. En veinte minutos alcanzo por fin el puente que separa “la Pedriza” del aparcamiento de las Machacaderas y siento que no puedo correr más. Me quedan unos metros y no puedo, me voy cayendo. Llego en la posición 199 de  291 (sin contar abandonos y fueras de control) tras 3 horas y media en las que pasé por todos los estados de ánimo posibles.


No pude dar más porque el cuerpo me lo impedía. La falta de entrenamiento me provocó la lesión y la consecuente pérdida de tiempo. Así es el deporte, todo vale y todo cuenta, por mucho que se considere injusto. ¿Pude llegar antes? Sí si no me hubiese torcido el tobillo a 8 km de meta, y no si no hubiese tirado fuerte durante los siete primeros kilómetros.  El balance al fin y al cabo no puede hacerse desprendiéndose de esos factores que suman tiempo. Llegué contento en mi puesto a pesar de superar en más de media hora el tiempo esperado.

Me equivoqué de carrera para estrenarme, pero volveré, seguro que volveré al año que viene, con más fuerza y más cabeza. Me faltó entrenamiento, edad (posiblemente era el corredor más joven) y una experiencia que sólo se obtiene corriendo en montaña.

No conocía la faceta agresiva, dura y cruel de la Pedriza, y, aunque en un principio me horrorizó, ahora, después de reflexionar sobre lo sucedido, creo que es un regalo para unos pocos.

Me llevo a casa un esguince, una camiseta que siempre me recordará el sufrimiento de la carrera y una satisfacción impagable por haber conseguido superar el dolor con el fin de alcanzar una meta…una meta irracional, sí, pero una meta, que al final y al cabo es lo único que cuenta.


Vídeo-resumen del XXI Cross de la Pedriza:
 
 
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Lugar: México.


Fecha: 29 junio-22 julio de 2012.




Estados: Chiapas y Oaxaca. 


Tras una semana de descanso en el DF, visitando los alrededores que habían quedado pendientes y paseando por las mismas zonas que tiempo atrás habían sido habituales, el viaje tomó rumbo sur con destino a Chiapas y Oaxaca.

El trayecto en avión hasta Tuxla Gutiérrez fue espectacular. Desde la ventanilla se pudo observar el cambio de paisaje conforme el avión se aproximaba a Chiapas. Primero dejamos atrás al gigantesco y gris DF para sobrevolar el volcán Popocatépelt (todavía en actividad), pudiendo observar la imponente nube de vapor y ceniza; después volamos sobre unas llanuras, un campo color marrón, y , por último, el paisaje se coloreó de verde. Habíamos llegado a Chiapas.


Recorrimos la distancia entre Tuxla Gutiérrez y San Cristóbal de Las Casas en una pequeña furgoneta que, a toda velocidad, ascendía por las laderas de las montañas mientras  dejaba un inmenso mar de nubes a nuestros pies. Tras una hora de curvas, llegamos a San Cristóbal.


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Mujeres cosiendo. San Cristóbal de Las Casas.
San Cristóbal de Las Casas es una pequeña ciudad de contrastes. Por un lado, están los típicos hippies  que, después de pasear descalzos por las empedradas calles de San Cristóbal, se sientan en un café para actualizar sus muros de facebook mientras desvían la mirada cuando un niño famélico se acerca a su mesa pidiéndoles algo de comer. Por otro lado, están esos niños, vagabundos de la ciudad, indígenas olvidados por el resto de México y el mundo, limpiabotas de 4 años, vendedoras de telas infantiles...que no tienen nada y algo es lo que te piden: pan, un taco o un simple peso. Es tan difícil huir de esa realidad que hasta comiendo sólo una vez al día te sientes culpable de su desgracia. Es imposible alcanzar a comprender por qué nuestros antepasados acabaron con ellos cambiando cruelmente el rumbo de su historia. Más difícil se presenta ese intento de comprensión del pasado cuando te alejas de San Cristóbal para visitar algún pueblo indígena, como San Juan Chamula. Allí el tiempo parece no haber transcurrido. Los indígenas visten con sus trajes tradicionales, hablan en su lengua materna y te miran como a un extraño cuando te paras a hacer alguna fotografía. Lo más llamativo de ese pueblo es la iglesia. En 1868 echaron al cura del pueblo y ahora es un espacio lleno de velas por el suelo, agujas de pino, santos por las paredes y una estatua de San Juan Bautista colacada a conciencia en el lugar del típico cristo. Se puede entrar en la iglesia y pasear entre los indígenas que, arrodillados, murmuran sus oraciones. El olor a incienso y la tenue luminosidad son embriagadores. 
Cerca de San Cristóbal se encuentra el Cañón del sumidero. Es posible visitarlo en lanchas que recorren el cañón a toda velocidad entre paredes que rondan los cientos de metros y cocodrilos que te observan sin inmutarse. La pared más alta alcanza los 1100 metros; desde allí se tiraban los indios para evitar con la muerte ser esclavizados por los españoles: una historia incomprensible (la de la invasión y genocidio) que sigue reflejándose en la expresión facial de los indígenas.

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Cañón del sumidero. Chiapas.
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Niños bañándose en Agua azul. Chiapas.
Abandonar San Cristóbal no se hace duro si el contraste de la "hiprogresía" hippie con la realidad mexicana te hierve la sangre; además, si tienes otro destino aún más atractivo, más selvático  y más perdido en mitad de la nada, despedirte de San Cristóbal lo haces con la menor de las tristezas. Los alrededores de Palenque eran el lugar fijado. Para dormir no había más opción que quedarse en el bochornoso Palenque: prácticamente una calle rodeada de hostales, restaurantes y agencias de tours. Es imposible destacar alguna característica agradable del lugar salvo que era el lugar idóneo para iniciar todas las excursiones a los alrededores. Así pues, las ruinas de Palenque, las cascadas de Misol-ha (perfecto lugar para darse un baño en mitad de la selva) y Agua azul (en temporada de lluvias debería llamarse Agua marrón) fueron los lugares cercanos de obligada visita. Sin embargo, lo más llamativo de la estancia en Palenque, fue la visita a las ruinas de Bonampak y Yaxchilán. Estas últimas creo que fueron lo mejor del viaje.  Para llegar a ellas hay que ir en furgoneta hasta un pequeño pueblo fronterizo con Guatemala. Allí, unas estrechas lanchas navegan por el Usumacinta, río que hace frontera natural con Guatemala. A un lado se puede observar la selva Lacandona (México) y al otro la sierra del Lacandón (Guatemala). La emoción se incrementa cuando sabes que a ambos lados se encuentra una selva llena de jaguares, tarántulas, cocodrilos, monos araña, serpientes, monos aulladores...pero lo único que se puede observar de cerca son las tarántulas (más grandes que una mano estirada), los monos araña y los monos aulladores, cuyo rugido se asemeja al del león. Sobre Yaxchilán no hay mucho que decir; es más espectacular su entorno que las ruinas saqueadas por los ingleses.  

El regreso a Palenque es duro. Es una vuelta a la realidad de hormigón, a la tarde de lluvia torrencial y al urbanismo antiestético.

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Ruinas de Palenque. Chiapas.
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Río Usumacinta. Frontera México-Guatemala.
El paso siguiente fue un autobús nocturno que en 15 horas atravesó todo Chiapas y parte de Oaxaca hasta llegar a Oaxaca de Juárez. Oaxaca sería la tercera y última parte de estas pequeñas crónicas, pero hablar de Monte Albán, de la tranquilidad de Oaxaca de Juárez, de su mercado, su chocolate, sus chapulines, de Hierve el agua y la costa del Pacífico (exactamente la solitaria playa de Zipolite, donde los días parecían no transcurrir por la similutud entre ellos), carece de interés después de Chiapas, al menos para mí. Digamos que fue un placer visitar el estado de Oaxaca y descansar en su costa después de casi un mes de viaje; pero Chiapas es tan espectacular que las visitas que vinieron después se mojaron baja una lluvia torrencial...la lluvia de Chiapas: fugaz, ruidosa, refrescante, impredecible y furiosa.


Playa de Zipolite, Oaxaca. 18 julio de 2012.  
 
 
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Lugar: México



Fecha: 20-23 junio de 2012


Recorrido: 1359 km


Ciudades: Querétaro, San Miguel de Allende y Guanajuato.


Demasiado pronto llegué a Querétaro. Un autobús a las 6 de la mañana me llevó hasta las afueras de una ciudad que poco tenía que envidiar en color gris a las del DF. Llovía. LLovía y el cielo estaba cubierto por nubes aún más grises que el hormigón y asfalto de los edificios y carreteras. Una enorme bandera mexicana se imponía a lo lejos.
Tras unos veinte minutos en taxi observando cómo la fealdad se había tranformado en ciudad,  llegué al casco histórico de Querétaro. Parecía un refugio rodeado de carreteras. De un vistazo ya se podía adivinar por qué esta ciudad estaba presente en las guías de México y en visita casi obligada para todo viajero que dispusiese de unos días extra de viaje. Allí la tranquilidad hacía frente al bullicio del exterior. Las calles empedradas, los "andadores", las plazas y jardines escondidos hacían del centro un lugar donde la soledad se podía sentir entre tanta multitud. Jóvenes, ancianos, limpiabotas y vendedores ambulantes se daban cita en las principales plazas. Yo me sentaba en ellas durante horas para pasar el rato observando a los lugareños. Por la noche las cosas cambiaban y los olvidados buscaban lugares donde guarecerse de la lluvia; algunos te pedían dinero para cenar, otros, simplemente, te miraban al pasar.   
Al día siguiente, tras un desayuno contundente (huevos a la mexicana, fruta, té y dulces típicos), salí hacia San Miguel de Allende. El entorno que separa Querétaro de San Miguel de Allende es un vasto terreno dedicado a la agricultura. Enormes extensiones verdes rodeaban al autobús que se acercaba rápidamente a unas montañas lejanas, tras las cuales se encontraba mi destino.  
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Parroquia de San Miguel Arcángel.San Miguel de Allende.
San Miguel de Allende es una ciudad de clase alta. En México esto se puede saber cuando ves que la gente pasea a su perro o las calles no están llenas de basura amontonada. Como ciudad de clase alta, las calles están muy cuidadas y contorneadas de restaurantes  para turistas. Mi presupuesto no me daba para sentarme en una terraza con vistas a la bonita Parroquia de San Miguel Arcángel, pero sí para disfrutar de una torta cubana mientras veía como se abría y cerraba la puerta del baño del local.  

Después de esa "suculenta" comida, me senté un buen rato en El Jardín (la plaza principal) mientras miraba a la gente pasar. No tenía mucho que hacer (ya había visto todo lo importante por la mañana) así que comencé a caminar sin rumbo fijo. Cuando llegué a la parte más alta de la ciudad (la zona rica) me metí entre unas casas y encontré un lugar que sin ser mirador hacía el mismo servicio. Las vistas eran espectaculares; una pena que tuviese que salir literalmente corriendo porque un insecto parecido a una avispa no paraba de intentar meterse bajo mi camiseta. 

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Vistas. San Miguel de Allende
El regreso a Querétaro fue agotador. El autobús realizó decenas de paradas en poblados para recoger a los campesinos que, tras una larga jornada de trabajo, volvían a sus casas con las manos llenas de barro. Llegué agotado a un Querétaro solitario y oscuro. Llovía, era de noche, y lo único que deseaba es que en mi habitación compartida no hubiese nadie. No fue así.

Viajé a Guanajuato, la última ciudad que esperaba ver antes de regresar a DF.  Del viaje en autobús no me acuerdo porque creo que lo realicé totalmente dormido. Aunque ahora llevo tantos autobuses a mis espaldas que quién sabe si iba despierto o dormido...no me acuerdo.

La terminal de autobuses de Guanajuato está fuera de Guanajuato, en una carretera en mitad de la nada. Para llegar hasta el centro histórico es necesario coger un taxi que te lleva por los incontables túneles que atraviesan la ciudad. 


Después de "acomodarme" en el hostal más sucio que he visto en mi vida, salí a pasear por la ciudad. Sólo tenía un día para verla, así que a toda velocidad recorrí sus calles para orientarme cuanto antes. Resulta curioso comprobar que sólo existe un par de calles principales y el resto son callejones que nacen de ellas. El callejón más estrecho es El callejón del beso. Es tan estrecho que las terrazas de las casas prácticamente se tocan. Cuenta con una bonita leyenda que se puede leer pinchando en el enlace anterior.


Tras entrar al imponente Mercado Hidalgo, sentarme en las plazas principales y visitar la casa natal de Diego Rivera, busqué un lugar donde comer. Llevaba días comiendo auténtica basura, así que busqué una fondita que me sirviera algo decente. Casa Ofelia se llamaba, y aunque la tal Ofelia era un poco borde, su comida estaba muy buena: crema de verduras, enchiladas suizas y agua de sabor.  La comida en estos sitios sienta mejor cuando sabes que lo que estás comiendo te saldrá por 2 o 3 euros. 
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Mercado Hidalgo. Guanajuato.
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Plaza. Guanajuato.
Por la tarde no hice mucho. Me senté en el Jardín de la Unión y estuve hablando con unas yankees que se habían ido a estudiar castellano a México. Renegaban del acento mexicano mientras me gritaban que mi acento era maravilloso. No llegué a preguntarlas por qué estaban en México si tanto se quejaban del acento. Cuando por fin me libré de ellas, me perdí de nuevo entre los interminables callejones hasta llegar a la zona más alta de la ciudad. Allí me senté a la sombra de un momumento llamado El Pípila. Es un hombre con una antorcha en la mano. Se realizó en honor al hombre que prendió una de las puertas de Guanajuato durante el alzamiento encabezado por Miguel Hidalgo.

Por la noche me comí una mazorca de maíz mientras observaba el ambiente festivo de las plazas. Los niños jugaban, los viajeros descansaban y los músicos tocaban para los que cenaban en las terrazas. Más paz no podía encontrar en un país del que lo único que se conoce es su marginal historia de narcotráfico. 
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Vistas desde El Pípila. Guanajuato.
Después de cuatro días muy intensos, sin apenas dormir y mal comiendo, regresé a DF. Allí me esperaba el inicio de otro viaje (esta vez acompañado) por Chiapas y Oaxaca. Pero como decía Michael Ende: "Esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión". 

De momento, sigo disfrutando de Chiapas...

 
 
Día: viernes 25 de mayo.
Lugar: Volcán Popocatépetl (México).
Objetivo: acercase lo más posible al volcán en actividad.

Salimos a las 8.00 del Instituto de Geofísica de la UNAM. Tras una hora y media en la furgoneta paramos en Amecameca a comprar comida azucarada. A pesar de estar acostumbrados a vivir a 2200 metros de altitud, el ascenso va a ser muy rápido (hasta casi los 4000 metros) y el mal de altura puede aparecer en cualquier momento. 
Según avanzamos, el volcán se presenta cada vez más imponente con una perfecta columna de humo blanco que resalta sobre el azul del cielo.

Llegamos al control de policía situado a bastantes kilómetros de distancia de nuestro objetivo (la estación sismológica más cercana al Popocatépetl). El acceso está restringido pero tenemos permiso. Comenzamos a ascender y el paisaje (normalmente verde) está teñido de gris ceniza debido a que hace unas semanas el volcán entró en alerta amarilla, justo cuatro días antes del día en el que teníamos pensado ascender al Iztaccíhuatl (volcán que se encuentra al lado del Popocatépetl). Evidentemente, tuvimos que cancelar la salida porque había riesgo de que la alerta sobrepasara la amarilla.


Tras librar varios cientos de metros de desnivel, llegamos al Paso de Cortés. Según se cuenta, Hernán Cortés pasó por allí en 1519 con el fin de arrasar con el Imperio Mexica. Justo en ese punto (ahora hay un pequeño monumento y un albergue de montaña) Cortés ordenó ascender a los volcanes para obtener el azufre con el que fabricarían la pólvora.

Miro a los volcanes y la historia pierde su sentido. A un lado se encuentra el Iztaccihuatl, muy rocoso, viejo y rodeado de nubes; al otro lado el Popocatépetl, imponente, gigantesco, totalmente gris, con nubes de gas que desciende por las laderas. La desilusión aparece cuando comprobamos que las nubes que comenzaron a tapar la cima del volcán hace media hora, nos van a impedir observarlo en su totalidad. No importa, pasamos el segundo control y nos dirigimos al lugar más cercano: la estación sismológica desde la que se obtienen todas las imágenes del volcán y se analiza su actividad. Se encuentra situada a casi  4000 metros de altitud, en una pequeña colina en las faldas del volcán. Parece un lugar abandonado debido al paisaje gris que le rodea y a que la carretera de acceso está totalmente descuidada. 

Tras observar un poco la estación, nos posicionamos frente al volcán esperando que las nubes se aparten y nos dejen ver el cráter. Pero el tiempo pasa y nuestras miradas se quedan congeladas admirando la enorme pared volcánica que tenemos frente a nosotros. El cráter no se va a ver porque hay demasiadas nubes, sin embargo, escuchamos perfectamente las explosiones. Nos sobrecogemos y aguantamos un poco esperando poder ver algo más. No nos queda tiempo, el cielo se cubre totalmente de nubes y amenaza con llover. 
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Teníamos todo: tiempo, material, permisos y ganas, muchas ganas; pero las condiciones atmosféricas a veces traicionan y te tienes que volver a casa con el único consuelo de haber tenido la oportunidad de ver algo que poca gente puede ver, un volcán en actividad.

Regresamos a Amecameca para comer en un restaurante con vistas a los dos volcanes. Cuando estábamos a punto de irnos las nubes se levantaron y nos dejaron ver la cima del Popocatépetl. 

Lo esperado es deuda.


 
 
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El Marathon des Sables (Maratón de los Sables) es una de las pruebas más duras que existen en la actualidad. 

Consiste en recorrer alrededor de 240 km por el Desierto del Sáhara sud- Marroquí en 6 días. 
Las 6 etapas tienen longitudes diferentes que varían desde los 20 km hasta los 80 km. El kilometraje es aproximadamente: 1ª etapa 30 km, 2ª etapa 30 km, 3ª etapa 40 km, 4ª etapa 80 km, 5ª etapa 40 km, 6ª etapa 20 km.

Con 27º ediciones a sus espaldas (la próxima tendrá lugar en abril de 2013, por si alguien se anima a participar), el Marathon des Sables se ha convertido en una de las pruebas más importantes a nivel personal para deportistas del mundo entero. Es una competición en la que domina el compañerismo, la lucha contra los propios límites y la supervivencia (todo el material, incluida la comida, el saco de dormir, los frontales...se debe cargar desde el primer día. Si te quedas sin comida debes retirarte).
A la cantidad de kilómetros de recorrido hay que sumar las condiciones climatológicas adversas: tormentas de arena como la que le hizo perder el rumbo durante 9 días a Mauro Prosperi en 1994 o temperaturas que alcanzan los 50ºC. Es tal la dureza de la carrera que ha habido dos muertos desde que en 1985 se celebró la 1ª edición. 
Existen muchas pruebas duras, muy duras, tan duras que dejan de ser sanas. Está el Ultraman (seguramente el reto más duro) o el Ironman  (que dicen estar al alcance de cualquiera con unas condiciones físicas adecuadas), pero el Marathon des Sables se lleva la palma. 6 días sin apenas asearte, sin apenas comer, sin apenas dormir, con heridas en los pies, quemaduras en los brazos, arena por todas las partes del cuerpo, luchando contra la deshidratación y la insolación. Todo un reto que alguna vez en la vida habrá que realizar y finalizar.

A continuación dejo un vídeo muy interesante. Josef Ajram nos va mostrando la dureza de la prueba a lo largo de los días. 
 
 
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¿Dónde está el límite del ser humano? ¿Hasta qué punto se puede arriesgar la vida con el fin de llegar un paso más lejos? ¿Cuáles son las razones que incitan a llevar el deporte hasta el extremo?

¿Por qué escalar montañas? Suelen preguntar. La respuesta más sencilla la dio George Mallory: "Porque están ahí". No hay razón más sencilla que esa, aunque se puede aderezar con comentarios del tipo: por las sensaciones que produce, por el encuentro con uno mismo, por comprobar el límite del cuerpo, por sentir la máxima expresión de la soledad...


Dan Osman (EEUU,1963; EEUU, 1998) fue un tipo que llevó su estilo de vida hasta el límite. Aprendiendo a escalar a la temprana edad de 12 años, Dan Osman, o Dano, como le solían llamar, inició una afición que acabaría por ser el único pilar de su vida. 

La escalada le llevó a buscar nuevos desafíos y acabó por ser practicante de deportes extremos como la caída libre desde acantilados o la escalada natural (sin cuerdas), también conocida como free-soloing.


Como si de una droga se tratara, Dan Osman necesitaba ponerse a prueba constantemente, razón por la cual sólo trabajó esporádicamente, supongo que para mantenerse con lo mínimo en su casa construida en un árbol en el Parque Nacional de Yosemite, lugar donde solía escalar y hacer los saltos al vacío.

La temeridad de Dan llegó hasta tal punto que los guardias forestales de Yosemite le perseguían cuando le veían; sus actividades podían incitar a otros a hacerlas. Así que a la peligrosidad de sus aficiones había que añadir la tensión por ser descubierto por los rangers.
A pesar de esas persecuciones, siguió haciendo de las suyas hasta que un día los rangers le retuvieron. No existía razón alguna para detenerle hasta que descubrieron que su carnet de conducir estaba caducado y que llevaba un arma en el coche. Le metieron 22 días en la cárcel.

Cuando volvió a ser libre (gracias a que sus amigos pagaron la fianza de 25000 dólares), regresó a Yosemite y se dispuso a hacer un salto al vacío desde el Learning Tower con las cuerdas que llevaban preparadas desde hacía unas tres semanas. Esas cuerdas habían soportado las inclemencias climáticas y podían estar en malas condiciones. Sin embargo, no fue eso lo que provocó el accidente que acabaría con su vida, sino un cambio en el ángulo de salto. El desenlace fue que unas cuerdas se enredaron y se cortaron.

35 años vividos al límite. 35 años buscando el cielo y el suelo. Al final tuvo que llegar al suelo para encontrar el cielo.